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Carmilla

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CARMILLA

Apretó sus tetas contra mi pecho. Su tacto era inusualmente frío, pero no me importó. Su hipnótica mirada me había atrapado desde el momento en que la vi en el bar, y nada más allá de sus ojos me afectaba. Terminó de desabotonar la camisa y acarició mi pecho con sus dedos de largas uñas pintadas de negro. Mientras sus manos se deslizaban en dirección a mi pubis sus tetas, apretujadas dentro del sujetador, se movían con un ligero temblor que hacía vibrar su piel pálida como el nácar.

Desabrochó mi bragueta, introdujo su mano en mis bóxer y agarró la polla, jugueteando con mis testículos entre sus dedos. Sin soltarme, su lengua me recorrió el esternón, descendió por el abdomen y se enredó entre los rizos del pubis. Extrajo el pene del pantalón y lo rodeó con sus labios, oscuros y carnosos. Extasiado observé como los abría y mostraba sus largos y afilados colmillos, dispuestos a cerrarse sobre el miembro henchido de sangre.