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PUTITO.A trabajar.

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Putito: a trabajar.

Mi abuela había enfermado, necesitaba dinero para ayudarle. Mi colita estaba sana, quería comprobarle. Le comunique mis necesidades a Ambrosio. Me recomendó un hotelito en las cercanías. El lugar era propiedad suya.

Bartolomé, era el responsable de la buena marcha del negocio, era un tipo alto, blanco, barrigón, honesto y con cara de posadero siempre sonriente; se refería al padre Ambrosio como “su eminencia”. Me informo de la cantidad que ingresaría a mi peculio por los servicios que prestaría utilizando mis dotes corporales (y bucales).

Era un hotel de paso, limpio y agradable, había una empleada que limpiaba y nos cocinaba a Bartolomé y a mí. Me sentía muy emocionado por sentirme la persona a quien se le dedicaba toda la atención y siempre estaban pendientes de lo que necesitara. Debía utilizar unos pantalones cortitos que dejaban ver la mitad de mis llamativas nalgas. Bartolo y yo pasábamos las horas muertas jugando damas (sin apuesta)- Pues a su eminencia le molestaría.

Al segundo día apareció el primer cliente. Se sorprendió al ver mi juventud, pero le guste y con recelo paso conmigo al cuarto para que le hiciera el “primer plato”: una mamada. Eso le hice, con mucho esmero pues un cliente complacido siempre trae a otros; le permití ciertos toqueteos a mis piernas y a mis nalgas, como propina, por ser el primero. Se fue complacidísimo. Desde ese día los clientes para mamada menudeaban (hasta 10 en un día) pero, para el segundo plato (un polvo) y menos para el tercer plato (dos de esos) no se presentaban candidatos.

Ambrosio tomo cartas en el asunto y me mando a un amigo que tenía una quincallería en las cercanías. Le hizo un descuento para que contara su experiencia y me hiciera propaganda, haciéndole perder el temor a los demás. Era un cincuentón, flaco y asombrado de que ya a mi edad los muchachos se dedicaran a putos. Me llamaba “putito” y  así me siguieron llamando todos.

Hice con él un trabajo esmerado, su tronco no era grande pero si vigoroso. Lo chupe con interés y me lo introdujo con emoción, me saco chispas pero no produjo llamas. Entonces, supe que mi colita estaba en excelente forma nuevamente. Su clímax fue aderezado por mis gritos de placer fingido, de acuerdo a las lecciones de Ambrosio, soy tu putito-le decía con frenesí. A partir de ese día tuvimos que poner horario para los clientes, solo previa cita, tal fue la atracción que cause entre los habitantes de este barrio y los adyacentes. Dos o tres polvos al día como máximo, para no estropear la mercancía y precios aumentados. Mi culito seguía triste pues nadie, sea por la prisa o el nerviosismo o la desconfianza (por mi edad) me había llevado a la cima del placer.

Pero, una noche, poco después de morir mi abuela, razón por la que había comenzado a vivir en el hotel por orden de Ambrosio, quien paso a ser mi representante, digo, una noche…  Bartolo con su gran panza y su deseo reprimido por mí, llego pasado de tragos y se atrevió a entrar a mi cuarto. Yo me hice el dormido para que se fuera, tenia sueño y no tenía ganas de conversar. El, por lo visto, tenía otras intenciones.

Comenzó a pasar su mano por mi espalda llegando hasta donde esta cambia de nombre; esta parte, por cierto y bueno es decirlo, había ido adquiriendo mayores y ardorosas proporciones por mi propio desarrollo natural y creo que también por las atenciones diarias de las cuales era objeto por parte de mis muchos admiradores y adoradores. Bartolo, comenzó un suave masaje a mi trasero, yo no respondí por ver a donde quería llegar. Por otra parte, el era mi amigo y protector, un favor se le haría con más gusto.  Me beso allá abajo, a través del calzón que ahora usaba para dormir, lo aparto un poco y metió su mano buscando mi hendedura. Me moví un poco para ver si cejaba en su intento. Pero no, estaba dispuesto a tomarme, perdidas sus inhibiciones por el alcohol consumido.

Introdujo más su mano hasta que sus dedos se posesionaron del agujerito dichoso que mis nalgas duras defendían en su interior. Me lo sobo anhelante sin preocuparse por despertarme; estaba dispuesto a violar la interdicción puesta sobre mi cuerpo por Ambrosio. Se levanto de la cama y lo sentí quitándose la ropa en la oscuridad. Era tiempo de dejar de hacerme el dormido, abrí los ojos y en la semioscuridad vi su panza y la firmeza de su virilidad. Se arrodillo en el suelo y me dijo al oído – putito, te deseo, yo respondí alargando mi mano y abrazando con ella su miembro viril, cálido y peludo. Suspiro y me beso al tiempo que su mano se apoderaba de mi ranura.

Su aliento alcohólico y ardiente, me daba en la cara y me desquiciaba los pensamientos. Violado por un borracho. Me deje hacer, coloco su vara cálida a la altura de mis labios sin atreverse a meterla, yo la introduje en mi boca y comencé a mamarla con pasión, como se le mama a un amigo. Engullí sus líquidos, sabores y olores extrañamente armoniosos, me deje llevar por la fiebre del momento, su placida eyaculación me sorprendió con una suaves bocanadas de semen que inundaron mi boca, lo trague con cariño, quería que fuera feliz.

Me lo saco de mi boca con cuidado y se inclino para besarme. Me expreso que me dejaba para que pudiera dormir. Le dije que se quedara y me penetrara. Sentí la emoción de su voz cuando repuso que si quería eso, entonces se quedaría. Me voltee boca arriba y me incorpore para quitarme el pequeño calzón. En pelotas, me levante para que observara la mercancía que se iba a comer. Salí y le traje una cerveza de la nevera. Lo encontré, al regresar, sentado en la cama relajado y sonriente; me dijo: te respetaba y temía por su eminencia; su eminencia casi me parte por la mitad-refute; él se asombro, pero luego sonrió, lo imagine-contesto. Me beso murmurando- yo no te partiré por la mitad.

Voy a buscar lubricante, dijo. Lo detuve, quiero que seas el primero que me lo mete natural, solo échate saliva. La excitación había recobrado su potencial virilidad. Encendí la luz, y entonces vi el pene más bello que había visto. Era grande, largo, su cabeza era tersa y bien formada, su cuerpo era recubierto por una piel sutil y delicada sin defectos ni venas. A su pubis lo cubría una mata de pelos sedosos y cortos. Lo tome en mi boca y le rendí pleitesía. Me puse en cuatro patas y le ofrecí lo más recóndito de mí.

Me tomo primeramente con su lengua produciendo mis primeros requiebros de cadera. Bien ensalivado, me aliste a recibir su estaca, la cual aunque hermosa y su dueño aunque mi amigo, no esperaba de esa pareja más que un ejercicio de sentimentalismo sexual que tendría que condimentar con algún gritico de placer y algunas palabras aprendidas. Nuevamente, me había equivocado.

Desde el primer momento comencé a notar que su suave cabeza llegaba justo al lugarcito que tenía el secreto de mi sometimiento a cualquiera que supiera llegarle. Ella  consiguió el sitio y sin que fuera un acto preconcebido, en el se concentro de forma natural. Comenzó mi pérdida de control sobre mis movimientos pélvicos. Mi garganta se resecaba por la respiración con la boca abierta. Mis labios se mordían. Mi boca adoptaba rictus inconscientes. Mi atención estaba toda en el pedazo de carne maravillosa que entraba y salía de mí y en las sensaciones que me arrancaba. Comencé a gemir con más ardor y le gritaba que no parara que siguiera así, allí. Redoblo su esfuerzo, al ser testigo del goce que me daba.  Sentí una especie de sensación espumosa que recorría mi abdomen y se convertía en un placer pletórico de sabores, colores y olores alucinantes que no sabía que existían. Un placer tan divino me daba temor.

Le rogué que me perdonara, que me dejara, que me lo sacara, pues ya no podía acabar mas, redujo el ritmo y comenzó su eyaculación caliente, sentía las bocanadas de líquido que lubricaban los movimientos finales de su pene en mi gruta recalentada por el furor incandescente con el que salvajemente nos habíamos entregado.

Sentía su hermoso aparato latiendo inmóvil en mi cuevita desollada pero sensible aun, un nuevo clímax me alcanzo pero sosegadamente y temblé por última vez de pies a cabeza. No hable, nada dije cuando lo saco. Lo sacudió contra mis nalgas, orgullosamente, como diciendo: mira lo que solo yo te puedo hacer.

Se levanto, recogió su ropa y salió sin palabras. Me deje caer y con mi culo asombrado y lleno de la leche milagrosa de Bartolo, dormí sin sueños.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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